domingo, 26 de julio de 2026

 

Que el río Piura llegue al mar: una necesidad geográfica, ecológica y social

Manuel Eduardo Saavedra Núñez

Por más veces que sea necesario, lo diré con la convicción que nace del conocimiento geográfico y de la experiencia acumulada en el estudio del territorio: *el río Piura debe llegar al mar*. No se trata de una consigna romántica ni de una afirmación antojadiza; constituye una necesidad hidrológica, geomorfológica, ecológica y, sobre todo, una condición indispensable para la seguridad de la población.

La naturaleza diseñó el río Piura como un sistema fluvial cuya misión no concluye en las proximidades de la ciudad, sino en su encuentro con el océano Pacífico. Interrumpir ese recorrido significa alterar procesos naturales que han tardado miles de años en consolidarse y cuyo equilibrio sostiene la vida de numerosos ecosistemas.

En la desembocadura esperan los Manglares de San Pedro y Chuyillachi, verdaderos santuarios de biodiversidad que requieren el aporte periódico de agua dulce para conservar su equilibrio ecológico. Con el río también llegan los sedimentos que transporta durante su recorrido: cantos rodados, gravas, arenas, limos y arcillas. Estos materiales no son simples depósitos minerales; representan el fundamento de la dinámica geomorfológica del litoral, contribuyen a la formación y renovación de playas, estabilizan los estuarios y mantienen la productividad biológica de los ecosistemas costeros.

Pero la importancia del río va mucho más allá. También aguardan su llegada los antiguos cauces naturales, la laguna Ramón, La Niña y el estuario de Virrilá, ambientes cuya existencia y funcionamiento dependen, en gran medida, de la continuidad del flujo hídrico. Cuando el río pierde su conexión con estos espacios, el territorio deja de funcionar como un sistema integrado y comienzan a manifestarse desequilibrios ambientales que, con frecuencia, terminan afectando directamente a la población.

Existe, además, una realidad que pocas veces forma parte del debate público. Cuando el río Piura conserva un cauce libre y una desembocadura plenamente funcional, las aguas extraordinarias encuentran una vía natural hacia el océano. En consecuencia, disminuye el riesgo de represamientos, desbordes e inundaciones que históricamente han causado enormes pérdidas económicas y sociales en la ciudad de Piura. La mejor infraestructura sigue siendo aquella que trabaja de la mano con la naturaleza y no contra ella.

Quizá ha llegado el momento de revisar nuestra manera de comprender el fenómeno de El Niño. Durante décadas se ha insistido casi exclusivamente en sus efectos destructivos; sin embargo, pocas veces se destacan los procesos regenerativos que también desencadena. Las lluvias extraordinarias recargan los acuíferos, revitalizan los bosques secos, incrementan la fertilidad de los suelos, restauran humedales y favorecen la recuperación de numerosos ecosistemas. El problema no es El Niño en sí mismo, sino la ausencia de planificación territorial, la ocupación inadecuada de las planicies de inundación y el desconocimiento de la dinámica natural del territorio. 

La geografía moderna enseña que los ríos no son únicamente conductos de agua. Son sistemas vivos que conectan montañas, valles, ciudades, humedales, estuarios y mares en un delicado equilibrio ecológico. Alterar uno de sus componentes implica afectar el funcionamiento del conjunto.

Por ello, defender que el río Piura llegue libremente al mar no es una postura ideológica, sino una conclusión sustentada en principios científicos de la hidrología, la geomorfología, la ecología y la planificación territorial. Comprender esta realidad constituye uno de los mayores desafíos para quienes toman decisiones sobre el futuro de nuestra región.

Solo cuando aprendamos a escuchar el lenguaje de los ríos comprenderemos que, muchas veces, la naturaleza no necesita que la corrijamos, sino que la entendamos. Ese es, precisamente, el verdadero valor del conocimiento geográfico: interpretar el territorio para convivir con él, reducir los riesgos y construir un sólido desarrollo.

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